buenas lecturas,
Se oye con tanta frecuencia la siguiente pregunta:
¿Cómo se puede avanzar a pesar de todas las dificultades diarias?
Es como si preguntáramos si es posible subir al segundo piso a pesar de los escalones. Cuando en realidad no es a pesar de la escalera, sino gracias a ella, que podemos subir al segundo.
Sé que estáis buscando una salida, pero en la vida no hay ascensor. Se sube escalón a escalón con los propios pies y ninguna tecnología puede sustituirnos. No hay atajos. No se salta ningún paso. No se puede ir más rápido que la música, que la propia música.
Vivir es pasar conscientemente por cada instante, es llenar con dedicación cada pequeño acontecimiento que se presenta, con gran cuidado, incluso con respeto, para que nada se pierda.
Como se saborearía un Beaujolais nouveau cuidando de no perder ni una gota. Saborear el más mínimo instante, probar la más mínima cosa, sentir el más leve aroma, disfrutar de la presencia de cada persona, experimentar el menor miedo, sentir el más ínfimo dolor, apreciar cada sílaba del canto, cada gota de esa inmensa fuente de alegría y dolor que es el árbol de la vida.
Todo nos hace avanzar en la medida en que vivimos plenamente, aceptándolo. Todo nos sirve para avanzar. No hay roles ni ocupaciones privilegiadas. Solo la intensidad del amor tierno llena de sentido y eleva. (¡Vayan a preguntar a la estrella olímpica qué le da esa incesante y tenaz dedicación a cada día de su largo y difícil entrenamiento!)
El barco no puede pasar la esclusa hasta que se alcance el nivel de agua requerido. Es la intensidad del amor lo que hace subir el agua y permite que el barco acceda a la siguiente cámara. Es el intenso amor de la luz lo que hace que el tierno brote atravase poco a poco el asfalto.
Esta noción carece de romanticismo. No es romántico levantarse a las seis de la mañana para ir a trabajar cuando se tiene gripe; no es romántico sacar las basuras cuando hace menos veinticinco grados; y desde luego no lo es tomar el metro en hora punta, hacer cola por el autobús que no llega, tener un avería, pinchar, perder la noche por un bebé que llora, ver a la familia abatida por la fiebre, recibir las facturas, rellenar la declaración de la renta, hacer la compra, lavar el vajilla, la ropa o el suelo. Pero la vida no es romántica. El romanticismo es «pensamiento deseoso»; es soñar con lo que no existe.
La vida de las películas y las telenovelas nos da la impresión de que la vida debería ser más interesante, de que nos hemos perdido algo en algún lugar, de que debe haber algo que no hemos hecho como debe ser y por eso llevamos una vida tan monótona. Por eso, soñamos con una vida romántica en la que todo fuera agradable, amable y placentero. Y seguimos buscando hasta que encontramos esa famosa cosa que haría que, de manera milagrosa, pasáramos del blanco y negro al color.
Pero soy yo quien aplasta mi vida. Soy yo quien no saborea los instantes, de tal manera que solo hay vacíos en mi vida, con algunas fugaces y furiosas compensaciones en la taberna, en la fiesta o en la discoteca.
Soy yo quien espero que mi vida sea valorada por algo. Algo que viniera como un hada o un maestro de circo y transformara, con un chasquido de varita, todo este aburrimiento en una aventura exaltante, para finalmente vivir una vida que fuera una sucesión continua de momentos intensos. Solo yo puedo transformar mi vida. Es a mí a quien corresponde aceptar los instantes que vivo. Al rechazarlos, soy yo quien les quita todo valor. Al aceptarlos, los lleno de mí, de mi valor, de mi realidad. Vivo una aventura única en el mundo, una mezcla de alegrías y penas que solo yo conozco. Habito mi vida. No estoy en otra parte, ausente, como si caminara al lado de mi bicicleta.
Aceptar lo cotidiano es lo más difícil para cada uno. No queremos vivir nuestra vida, queremos vivir una vida diferente, la que hemos soñado o la de los demás (la parte que nos seduce, por supuesto, no su vida cotidiana, que nos las arreglamos para olvidar o negar).
Pero solo progresamos llenando esos pequeños momentos sin historia con una presencia atenta.
Cuando aceptamos vivir cada uno de nuestros instantes, sin esperar nada más, construimos una plenitud que nada puede atacar. Es entonces cuando, en nuestra vida, nada se pierde; por el contrario, todo se crea.
Marylena