Buenas noches a todos
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Se ha dicho que el amor al dinero es «la fuente de todos los males». Sin embargo, casi todos pasamos nuestra existencia preocupados por ganarlo. Algunos incluso llegan a matar o morir por dinero. Los medios a los que recurrimos para obtenerlo y el uso que hacemos de él revelan, en realidad, nuestra naturaleza: generosa o avara, escrupulosa o deshonesta, prudente o imprudente. Entonces, ¿qué esperamos exactamente del dinero?
Me parece que se puede resumir en dos palabras: felicidad y seguridad.
La felicidad es esencialmente escurridiza. Se puede buscar y comprar el placer, lo cual no es para nada lo mismo. Pero la verdadera felicidad es un visitante misterioso que solo los más sabios entre nosotros saben cómo invitar.
Por lo demás, a veces llega de improviso. Uno de los momentos más felices de mi vida no me costó nada. Hallándome un día en una situación económica difícil, había ido a ver a una amiga, también apremiada, con la intención de poner en común nuestras preocupaciones. Se accedía a su casa por una estrecha escalera que comenzaba en un tranquilo patio. Una amplia ventana iluminaba el descansillo. Se abría sobre una rama de manzano en plena floración que se balanceaba suavemente en la luz del sol primaveral. Era todo. Pero al contemplar aquel cuadro tan fresco y tan sencillo, me sentí de pronto invadida de alegría y pensé: «Ahora sé lo que es realmente la felicidad y nunca más seré del todo infeliz». Mis problemas de dinero fueron reducidos a su verdadero lugar. Y es probablemente la razón por la que pronto me libré del aprieto.
El mal que sufren demasiados de nosotros es que estamos acostumbrados a medir nuestro éxito en función de los bienes materiales que logramos adquirir. ¡Es tan fácil de enseñar! No hace falta tener grandes títulos para sugerir a la mente de un niño que una «vida feliz» consiste en poseer un buen coche, ropa elegante y una casa en un barrio distinguido. Se necesita mucha más persuasión para hacer entrar en la cabeza de un niño la idea de que la felicidad, prueba real de una vida exitosa, no reside en la posesión de bienes materiales y que, por lo tanto, no puede comprarse con dinero.
La felicidad no se adquiere a cambio de dinero sonante; llega cuando le abrimos de par en par nuestra puerta. Nuestra falsa concepción del valor del dinero puede llegar a cerrar esa puerta. Cerrada, esa puerta custodia celosamente nuestro tesoro de posesiones materiales, pero el visitante tan esperado pasa y no se detiene. Perdemos la capacidad de saborear las verdaderas riquezas de la existencia.
Pero eso no se encuentra únicamente entre los privilegiados de la fortuna.
Todos conocemos personas de condición modesta tan obsesionadas por la idea de lo que les falta a sus familias para ser felices, que jamás sabrán disfrutar del apacible espectáculo de un manzano en flor frente a su ventana o de una cara amigable en la acera de enfrente.
Me alojé en casa de una de mis antiguas amigas de la escuela secundaria, quien había pasado su tiempo quejándose durante todo el año. Entonces había tenido todo lo que una mujer puede desear, y nada había podido satisfacerla. Hoy, que ya no le quedaba casi nada, lo más mínimo la satisfacía. Es que había descubierto en sí misma posibilidades de felicidad que el dinero le había impedido vislumbrar realmente en el pasado.
Nuestra falsa concepción del valor del dinero adopta formas distintas según que tengamos demasiado o demasiado poco. Recuerden la historia de esos dos ahogados que fueron rescatados el mismo día de un río. El primero, un hombre pobre, había caído accidentalmente al agua tras haber celebrado en exceso los 100.000 euros de premio en la lotería. El otro, un financiero desafortunado, se había suicidado porque le quedaban exactamente 100.000 euros. La desproporción de esa suma en relación con el nivel de bienestar al que estaban acostumbrados, respectivamente, les hizo perder a ambos la cabeza y la vida. Por supuesto, no fue el dinero en sí lo que causó su muerte, sino lo que el dinero representaba a sus ojos: para el primero, todo aquello de lo que había tenido que privarse en el pasado; para el segundo, todo aquello de lo que creía no poder privarse en el futuro.
Si convertimos el dinero en una obsesión, es porque sufrimos de un complejo de inseguridad. El dinero nos aparece como una protección contra lo que Shakespeare llamaba en Hamlet «las flechas con que nos hiere la fortuna despiadada».
Lo ideal es adoptar un compromiso: ahorrar, pero no dejarse llevar por el miedo a recortar en todo. Cuando las cosas se complican, freno mis gastos. Nunca me aventuro demasiado lejos de las posiciones de repliegue que me he fijado de antemano.
No me ha sido fácil mantener un justo equilibrio. A veces he sentido que el amor al dinero me dominaba; me puse a acumular por el placer de acumular. A veces me invade el pánico al recordar la pobreza de mis años de infancia. Pero tarde o temprano, recupero la buena orientación: pongo el dinero en su verdadero lugar: es un medio para alcanzar múltiples fines, y nada más.
Porque la vida nunca está exenta de peligros y nunca lo estará. La seguridad fue la ilusión de finales del siglo XIX y, como tantas otras, se desvaneció. Ricos y pobres, todos estamos embarcados en una misma gran aventura: la aventura de la vida. Quien se angustia sin cesar permanecerá vulnerable e impotente.
Falsa es la consideración con que hoy se rodea a la fortuna. Le otorga una importancia irreal. Cuando hayamos restituido a su verdadera lugar este medio de intercambio, en sí mismo sin valor, que es el dinero, entonces estaremos en condiciones de afrontar la opulencia con sabiduría y la miseria con valor.
autor desconocido
Maryléna